Manuela


El 13 de enero de este año nació Manuela, mi segunda hija.

Es curioso cómo un amor tan profundo va creciendo desde el momento que sabes que estás embarazada hasta llegar a un momento de explosión en el momento del parto.

Cuando ya tienes una hija a la que quieres con locura te planteas si podrás querer tanto a otra persona como la quieres a ella. Si, se puede.

A lo largo del embarazo ya intuyes que ese amor que va creciendo puede igualarse al que sientes por la mayor, pero es el momento de verle la carita a tu bebe, de olerla, de sentirla, de notar su calor, cuando te das cuenta que ese amor, claro que se iguala y, por supuesto, sin que afecte al amor que sientes por la mayor.

Hace unos 5 años relaté el parto de Martina y ahora me toca relatar el parto de Manuela, un parto muy diferente.

Con el de Martina, la felicidad extrema que sentía por su nacimiento y la inexperiencia como primeriza, me hizo sentir que tuve un parto genial. Ahora, después del parto de Manuela, se que no tuve un parto tan bueno y que lo bueno que tuve de ese primer parto fue la recompensa.

Yo pensaba que el de Martina fue un parto natural, ahora se que tan sólo fue un parto vaginal, pero que de natural tuvo lo justo. Ahora se que me realizaron prácticas sin mi consentimiento que eran totalmente innecesarias y que, aunque no me haya supuesto ningún trauma, no deberían haberme hecho.

Ahora se que al parto hay que ir preparado para dos cosas, mejor dicho para tres cosas: dolor, convertirse en mamá y pelear porque respeten tu parto.

Así fue el parto de Manuela.

La noche del 11 al 12 de enero empecé a notar contracciones. No eran dolorosas, pero si lo suficientemente intensas como para despertarme, aún así, yo dormía, me despertaba, dormía, me despertaba, así cada media hora y durante toda la noche.

Me desperté sabiendo que el nacimiento de la bebé se acercaba. Por la mañana salimos a hacer compras y a dar un paseo, cada cierto tiempo, parada para disfrutar de la contracción y a seguir con las compras.

Así hasta por la tarde que fuimos al cumpleaños del nene de una amiga. En el cumple disfruté como una enana comiendo tortilla, patatas bravas o jamoncito. Ahí las contracciones seguían siendo molestas y se repetían cada 15 min. Sin problema, comer, descansar para la contracción y seguir a lo mío.

A las 20:30 nos fuimos para casa. Mi madre se vino a casa para quedarse con Martina. Yo en el sofá sentía como las contracciones iban en aumento de dolor y que se iba acortando el tiempo entre contracción y contracción.

A las 23:00 decidí que estaba cansada y me fui a la cama. Me puse el pijama, me metí en la cama y……las contracciones decidieron pasar a ser cada 2 minutos y dejaban de ser molestillas para ser muy molestas. Todavía eran llevaderas y decidí asearme y terminar de preparar las cosas para el hospital.

Llegamos al hospital a las 00:20. Nada más llegar me atendió un matrón y yo me puse muy contenta porque había oído hablar de él muy bien. Me hizo un tacto del que casi ni me enteré y me confirmó que estaba de parto y que estaba de 3-4 cm.  A las 00:30 me quedé ingresada.

No había nadie en todo el paritario. Ningún ruido, todo relax. En todo momento JP estuvo conmigo y a las 01:15 llegó  mi hermana. Al igual que con Martina estuve todo el rato con ellos dos.

Me pusieron unos monitores portátiles que me permitieron sufrir las contracciones de pie y que JP pudiera masajearme las lumbares en cada contracción de tal manera que las hacía bastante soportables.

En este caso tenía claro que quería un parto natural, pero natural de verdad, sin intervenciones innecesarias.

Lo primero que pedí fue que no me rompieran la bolsa. Al matrón le pareció muy bien mi decisión y la respetó.

Lo siguiente era que no quería oxitocina ni epidural. El matrón volvió a respetar mi decisión.

Las contracciones iban en aumento, los minutos pasaban y el tiempo entre contracción y contracción se acortaba a la vez que la intensidad subía hasta valores dolorosos. Pero yo no quería la epidural, y no tenía pensado pedirla. De esa manera, y viendo el ritmo que llevaba, tampoco me propondrían oxitocina, a la que también pensaba negarme.

Al poco tiempo de llegar al hospital, vomité toda la cena y el matrón se acercó para decirme: “Parto vomitado, parto terminado”. Me hizo muchísima gracia y seguí disfrutando del momento que estaba viviendo y que me acercaba a cada minuto a Manuela.

El matrón nos dejó solos todo el rato, en privado, sólo acudía si nosotros le llamábamos.

Según fue pasando el tiempo, poco la verdad, las contracciones iban siendo más dolorosas y me estaban entrando ganas de empujar.

A las 02:20 el matrón vino a ver cómo iba y me hizo un tacto. Sus palabras fueron: “Voy a hacerte un tacto pero con mucho cuidado para no romperte la bolsa.” Gracias Miguel.

Me dijo que ya estaba prácticamente dilatada y que el parto era inminente…¡no me lo podía creer!! no hacía ni dos horas que estaba en el hospital. Me dijo que si tenía ganas de pujar, que pujara y que nos dejaba solos.

El matrón salió y en la siguiente contracción yo quise pujar, pero pujar de verdad. El matrón me oyó y vino corriendo a la habitación. Me dijo que la bebé ya estaba aquí, que me tumbara en la cama para llevarme al paritario. En ese momento rompí la bolsa, sóla, sin ayuda de un pincho horrible, con una sensación de alivio maravillosa. Llamaron al celador, pero no daba tiempo a esperarle y entre él, la auxiliar y JP me llevaron pasillo adelante hasta el paritario.

Una vez allí me preguntó que qué tal estaba, que estaba a punto de nacer, que si quería subir al potro o quedarme en la cama. ¡Quiero quedarme en la cama! no podía pasarme al potro, yo sólo quería empujar. Me dijo que sin problema, y que tal y como estaba puesta, un poco tumbada de lado pariría bien.

Él empezó a prepararsse muy rápido, y me dijo que no pujara. Pero yo sólo quería pujar.

Me tranquilizó (todo esto pasó en un par de minutos) y me dijo que no hacía falta que pujara, que la bebé ya estaba aquí y que saldría sola.

 Y así fue. Manuela salió sóla. Yo fui notando cómo salía la cabeza, cómo salía su cuerpo y cómo empezaba a llorar. “¡Cógela!” y la cogí y la puse encima de mí, y la olí y sentí su peso, y me pareció la bebé más bonita y mas pequeñita del mundo. Y me sentí feliz, y contenta y orgullosa, y dichosa. Y sentí que tuve un parto genial, respetado, rápido, casi indoloro. Y sentí que la recompensa todo lo merece.

Estuvo encima de mi muuuuucho tiempo. Alumbre la placenta, me dieron un punto a ras de piel y después de un buen rato la pesaron y la midieron y de nuevo, vuelta a mis brazos.

Y le di las gracias a Miguel, mi matrón, y él me dio las gracias por regalarle un parto precioso, y yo por respetarme, por conseguir que recuerde el parto de mi segunda hija como un parto maravilloso.

Ojalá hubiera más profesionales como Miguel.

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Acerca de ladeloszapatitosrojos

Mamá de Martina, pareja de JP e intérprete de lengua de signos española.
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