Relato de un parto II


Hace unos día comencé con el relato de mi parto.

Así continuó…

Una vez que había salido de cuentas mi hermana se vino a dormir a casa.

El hecho de que estuviera cerca y nos pudiera acompañar al hospital nos hacía estar más relajados.

El sábado 9 de mayo Lucía salió a tomar algo. No iba a volver tarde porque sabía que yo estaba a punto de caramelo. Eran cerca de las 3 de la mañana cuando entró por la puerta de casa.

Yo estaba para irme al hospital, con un mal cuerpo que no podía con él, vomitando, y con contracciones muy seguidas y dolorosas.

Aún así, yo sabía que me faltaba un largo camino y me resistía a irme.

Llegó y me dio un ultimatum “¡Ahoramismoalhospital!” así, sin respirar. Me di cuenta de tanto ella como JP tenían razón y debíamos ir al hospital. Me di una ducha, preparé mis cosas y nos fuimos.

Al llegar a urgencias nos subieron en seguida a paritorio. En la entrada coincidí con una chica que tuvo un parto corto, rápido y menos doloroso que el mío, ¡qué envidia me daba!

La suerte de que viniera mi hermana era que justo en esa época estaba haciendo las prácticas de enfermería y podía estar con nosotros todo el tiempo.

Todo el proceso de dilatación y expulsivo estuve acompañada por dos de las personas más importantes en mi vida.

La verdad es que fue largo y duro pero tengo unos recuerdos buenísimos, cómo disimulaban cuando se acercaba una fuerte contracción o cómo se turnaban de mano para que no siempre apretara fuerte al mismo. Hubo momentos de risa, de mucha risa, de recuerdos, de lloros, fueron horas inolvidables, no sólo por el hecho de que nuestra hija/sobrina estaba a punto de nacer, sino porque estábamos compartiendo un momento único.

Nada más llegar me hicieron un tacto para valorar de cuántos centímetros estaba. ¡4 cm! la cosa iba bien y parecía que no iba a durar mucho.

Me llevaron a una habitación en la que me conectaron a los monitores y a una maquinita que iba marcando la intensidad de las contracciones, ¡madre mía!, ¡cómo subía aquello!

Todavía no había roto la bolsa y, a pesar de que no quería que me la rompieran y que se rompiera sóla, cuando llegó la matrona con un pincho larguísimo y me dijo que la rompía, no supe decir que no. Al poco rato otro tacto, la cosa iba bien ¡6 cm!. Eran las 6 de la mañana y decidimos llamar a la familia. ¡Pobres! todavía les tocaba esperar un buen rato.

Hubo un cambio de turno, o llegó otra matrona, por cierto mucho más antipática que la primera. Me hico otro tacto, y me dijo que de 6 nada, que estaba de menos y que tampoco iba tán rápido. La pobre señora, por mucho que me cueste aceptarlo, tenía razón.

Yo había decidido no ponerme la epidural y en ningún momento me dijeron nada, pero…. las horas pasaban y cada vez aguantaba menos el dolor. Llevaba toda la noche sin dormir y estaba muyyyyyyyyyy cansada. Tras meditarlo mucho y tener a Lucía de recadera para comentárselo a mi madre, decidí pedirla. Eran las 9:30 de la mañana. Después de lo que me costó decidirme tuve la mala suerte de que habían perdido mis análisis. Tuvieron que volver a sacarme sangre. Yo tengo unas venas horribles, de esas que huyen cuando ven una aguja, y no me importa demasiado que me pinchen, pero siempre aviso de cuál es mi vena buena. Le tocó sacarme sangre a la matrona antipática y me contestó: “Las venas son mi especialidad” y pinchó justo al lado contrario de donde yo le había dicho, y claro, no sacó ni una gota y a mí me hizo polvo el brazo. Resignada, pero no dando su brazo a torcer me dice: “De aquí si que te voy a sacar” y la muy….no tengo palabras amables para definirla, me pincha en la mano. No es que me doliera especialmente, sobre todo si comparaba el dolor con las contracciones, pero todo el mundo sabe que es donde más duele, hay que ser…. por supuesto ni se disculpó ni nada.

Las análisis tardaron como una hora y a las 10:30 me llevaron para ponerme la epidural.

A las 11 aquello seguía doliendo lo mismo, tuve como 15 minutos de relax, y a partir de ahí todo volvió a ser como antes. Sólo se me durmió el muslo izquierdo (en el paritorio me comentó la matrona que era imposible que me hubiera hecho efecto porque me pusieron una cánula excesivamente corta y no me llegó la anestesia, pero bueno, tampoco  me importó).

Sobre esa hora me empezó a llevar una nueva matrona, y esta vez, ganamos con el cambio. Me hizo, creo que el último tacto, y me dijo que ya estaba totalmente dilatada pero que no se asomaba nada de nada y me animó a empezar a hacer pujos con cada contracción. Estuve así 2 horas. JP y Martina me miraban la entrepierna y me decían: “no se ve nada de nada”. Yo pregunté que qué se tendría que ver y me comentaron que se debería ver algo de pelo. JP y Lucía, por más que miraban no veían nada asomar.
Tras dos horas de pujos y ver qué aquello no avanzaba la matrona decidió llevarme al paritorio para valorar qué instrumento usar. Al ser un parto instrumentalizado no dejaron pasar ni a JP ni a Lucía. Yo me fui hacía aquella habitación sóla, sin los míos, a sufrir con casi total seguridad una gran herida.

Una vez llegamos al paritorio me tumbaron en el potro, me coloqué y escuchaba cómo la matrona y la auxiliar comentaban que la ginecóloga que estaba de guardia prefería las ventosas y que ellas pensaban que era mejor usar forceps. Eran las 13:00.

Yo no quería ni pensar en instrumentos y decidí empujar con todas mis fuerzas, con aquellas que mi sabio cuerpo había guardado. Y empujé, y empujé y de repente la matrona se dió cuenta de que el expulsivo iba sin problema y con voz fuerte y apremiante llamó “que venga el padre de la criatura”.

Cuando llegaron a buscar a JP, mi hermana preguntó si ella no podía ir, pero la matrona no había dado la orden. Unos minutos después la matrona se acordó de mi hermana y la llamó.

JP se colocó a mi lado, al lado de mi cabeza y Lucía se quedó viendo cómo nacía su sobrina, viendo cómo me hacían la episiotomía, que por cierto no me dolió absolutamente nada y de la cual me recuperé antes de que me diera cuenta y de la que no me ha quedado ninguna secuela. Por suerte no hizo falta ningún instrumento.

A las 13:14 minutos nació Martina. Yo le había dicho a la matrona que quería hacer piel con piel, pero me comentó que si finalmente se usaban instrumentos no sería posible.

Como finalmente no fue así, una vez noté como salía todo el cuerpo me puso a Martina encima, calentita, grande, preciosa, hermosa. Venía con una vuelta de cordón que seguramente era la causa de que no bajara y no la viéramos en los pujos previos.

Cuando el cordón dejó de latir, la matrona lo cortó y a los pocos minutos expulsé la placenta.

La tuve unos minutos encima de mí, no me acuerdo bien y se la llevaron unos minutos mientras la pesaban y medían: 3530 gr y 54 cm. Yo propuse ponerla al pecho, pero me dijeron que me esperara un poquitín, me tenían que coser los dos desgarros internos que me hice al apretar con tantas fuerzas y la episiotomía. Estuve más o menos 45 minutos mientras me cosían. En todo ese tiempo Martina estuvo con su padre, calentita, sintiendo el amor, en esos brazos que tanto le gusta estar. Y por allí andaba Lucía, llorando desconsoladamente de la emoción.

A pesar de que tuvo muchas cosas que no quería, fue un momento muy especial, muy emotivo y que me hizo sentir muy feliz y que te demuestra que el amor a primera vista, existe.

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Acerca de ladeloszapatitosrojos

Mamá de Martina, pareja de JP e intérprete de lengua de signos española.
Esta entrada fue publicada en Lactancia, Madre/hija, Maternidad, Paternidad y etiquetada , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Relato de un parto II

  1. Zirvi dijo:

    ¡¡Qué emocionante Elena!!! 😀

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