En voz baja, por favor.


A menudo me dicen: “Qué tranquila es tu niña”

Y sí, lo tengo que reconocer, aunque a veces es incansable y le encanta saltar, correr, andar de puntillas, parlotear, y jugar, lo cierto es que es una niña tranquila.

Hay muchas teorías para ello:

– Su padre es muy tranquilo, un pachorro que le cuesta mucho perder los papeles.

– Yo, aunque impulsiva e inquieta, soy tranquila y con una paciencia infinita.

A pesar de los antecedentes familiares, yo tengo mi propia teoría: mi hija es tranquila porque siempre le hemos hablado con tranquilidad y con la voz muy baja.

Desde el momento de su  nacimiento, yo ( y mi pareja), hemos hablado a nuestra hija con muchísima tranquilidad. Siempre le hemos hablado con mucho cariño, para eso es una hija muy querida, pero es que además hemos intentado hablarle con dulzura y con un tono de voz agradable.

En nuestra casa suele reinar el silencio, apenas escuchamos música y vemos muy poco la tele.

Las pocas veces que escuchamos música lo solemos hacer con cascos, por respeto a nuestra pareja por si está haciendo algo que le pueda molestar y la tele, yo prefiero verla con subtítulos, se que es un poco friki, pero prefiero casi no oírla e ir leyendo los subtítulos (debe ser que esto de trabajar con personas sordas me afecta más lo que quiero).

Cuando Martina era un bebé recién nacido no solía despertarse por la noche, si, comía, pero nunca se desvelaba, ella se movía, yo la notaba, le enchufaba la teta y ella seguía durmiendo. En esos momentos yo no la hablaba, tan sólo le decía cosas suaves como: te quiero, eres preciosa, duerme bien, ten dulces sueños, pero siempre se lo decía muy bajito, casi para que ni me oyera, como si yo creyese que ella me pudiera leer el pensamiento, como si no hicera falta decirlo en voz alta para que ella me entendiera.

Hablando con otras madres me sorprendía porque la mayoría me decían que sus hijos se despertaban y se desvelaban muchísimo. Yo les preguntaba: “Y, ¿les habláis por la noche?” Casi siempre había un Sí por respuesta y entonces les decía que no les hablaran, o que si lo hacían lo hicieran en un tono muy suave, casi inaudible.

A lo mejor no le funciona a todo el mundo, o a lo mejor es pura casualidad, pero llegó un momento en el que Martina tenía 16 ó 17 meses, cuando empezaba a comunicarse de una manera más efectiva, en el que si llegábamos a un lugar en el que la gente estaba hablando con un tono de voz fuerte, les mandaba callar y se enfadaba.

 

Los hijos hacen lo que ven y lo que viven en sus casas, si les hablamos con calma y con amor, lo perciben, eso no se puede negar.

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Acerca de ladeloszapatitosrojos

Mamá de Martina, pareja de JP e intérprete de lengua de signos española.
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