Papá

Dos papás en mi familia más cercana.

Mi padre, Manolo, y el padre de mis hijas JP. Los dos son unos padres estupendos.

Mi padre siempre estuvo ahí cuando lo necesité. Siempre supo sacarme una sonrisa, y a veces, sacarme de mis casillas. Bromista, guasón, cariñoso, juguetón, cabezón. Fue un padre que jugó conmigo cuando era pequeña, que me acompañó, comprendió, apoyó y respetó en los años de adolescencia, que estuvo conmigo, en lo que necesitara, en mi paso a la maternidad. Fue un padre estupendo, sin lugar a dudas.

Pero se fue demasiado pronto, y no hay día que no piense en él, y no hay día que me de rabia que se haya ido tan pronto. Y no hay día que mire a Martina y piense en el abuelo que perdió o que mire a Manuela y piense en el abuelo que no conocerá. Nos quedan los recuerdos, y eso nadie nos lo quitará. ¡Feliz día del padre papá!

JP, el padre de mis hijas. Entregado, cariñoso, cercano, creo que no puede haber un mejor padre para mis hijas. Las cuida, las mima, las atiende si lloran, si ríen, juega, las acompaña.

He sido afortunada de tener dos papás tan buenos en la familia.P1000658

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Manuela

El 13 de enero de este año nació Manuela, mi segunda hija.

Es curioso cómo un amor tan profundo va creciendo desde el momento que sabes que estás embarazada hasta llegar a un momento de explosión en el momento del parto.

Cuando ya tienes una hija a la que quieres con locura te planteas si podrás querer tanto a otra persona como la quieres a ella. Si, se puede.

A lo largo del embarazo ya intuyes que ese amor que va creciendo puede igualarse al que sientes por la mayor, pero es el momento de verle la carita a tu bebe, de olerla, de sentirla, de notar su calor, cuando te das cuenta que ese amor, claro que se iguala y, por supuesto, sin que afecte al amor que sientes por la mayor.

Hace unos 5 años relaté el parto de Martina y ahora me toca relatar el parto de Manuela, un parto muy diferente.

Con el de Martina, la felicidad extrema que sentía por su nacimiento y la inexperiencia como primeriza, me hizo sentir que tuve un parto genial. Ahora, después del parto de Manuela, se que no tuve un parto tan bueno y que lo bueno que tuve de ese primer parto fue la recompensa.

Yo pensaba que el de Martina fue un parto natural, ahora se que tan sólo fue un parto vaginal, pero que de natural tuvo lo justo. Ahora se que me realizaron prácticas sin mi consentimiento que eran totalmente innecesarias y que, aunque no me haya supuesto ningún trauma, no deberían haberme hecho.

Ahora se que al parto hay que ir preparado para dos cosas, mejor dicho para tres cosas: dolor, convertirse en mamá y pelear porque respeten tu parto.

Así fue el parto de Manuela.

La noche del 11 al 12 de enero empecé a notar contracciones. No eran dolorosas, pero si lo suficientemente intensas como para despertarme, aún así, yo dormía, me despertaba, dormía, me despertaba, así cada media hora y durante toda la noche.

Me desperté sabiendo que el nacimiento de la bebé se acercaba. Por la mañana salimos a hacer compras y a dar un paseo, cada cierto tiempo, parada para disfrutar de la contracción y a seguir con las compras.

Así hasta por la tarde que fuimos al cumpleaños del nene de una amiga. En el cumple disfruté como una enana comiendo tortilla, patatas bravas o jamoncito. Ahí las contracciones seguían siendo molestas y se repetían cada 15 min. Sin problema, comer, descansar para la contracción y seguir a lo mío.

A las 20:30 nos fuimos para casa. Mi madre se vino a casa para quedarse con Martina. Yo en el sofá sentía como las contracciones iban en aumento de dolor y que se iba acortando el tiempo entre contracción y contracción.

A las 23:00 decidí que estaba cansada y me fui a la cama. Me puse el pijama, me metí en la cama y……las contracciones decidieron pasar a ser cada 2 minutos y dejaban de ser molestillas para ser muy molestas. Todavía eran llevaderas y decidí asearme y terminar de preparar las cosas para el hospital.

Llegamos al hospital a las 00:20. Nada más llegar me atendió un matrón y yo me puse muy contenta porque había oído hablar de él muy bien. Me hizo un tacto del que casi ni me enteré y me confirmó que estaba de parto y que estaba de 3-4 cm.  A las 00:30 me quedé ingresada.

No había nadie en todo el paritario. Ningún ruido, todo relax. En todo momento JP estuvo conmigo y a las 01:15 llegó  mi hermana. Al igual que con Martina estuve todo el rato con ellos dos.

Me pusieron unos monitores portátiles que me permitieron sufrir las contracciones de pie y que JP pudiera masajearme las lumbares en cada contracción de tal manera que las hacía bastante soportables.

En este caso tenía claro que quería un parto natural, pero natural de verdad, sin intervenciones innecesarias.

Lo primero que pedí fue que no me rompieran la bolsa. Al matrón le pareció muy bien mi decisión y la respetó.

Lo siguiente era que no quería oxitocina ni epidural. El matrón volvió a respetar mi decisión.

Las contracciones iban en aumento, los minutos pasaban y el tiempo entre contracción y contracción se acortaba a la vez que la intensidad subía hasta valores dolorosos. Pero yo no quería la epidural, y no tenía pensado pedirla. De esa manera, y viendo el ritmo que llevaba, tampoco me propondrían oxitocina, a la que también pensaba negarme.

Al poco tiempo de llegar al hospital, vomité toda la cena y el matrón se acercó para decirme: “Parto vomitado, parto terminado”. Me hizo muchísima gracia y seguí disfrutando del momento que estaba viviendo y que me acercaba a cada minuto a Manuela.

El matrón nos dejó solos todo el rato, en privado, sólo acudía si nosotros le llamábamos.

Según fue pasando el tiempo, poco la verdad, las contracciones iban siendo más dolorosas y me estaban entrando ganas de empujar.

A las 02:20 el matrón vino a ver cómo iba y me hizo un tacto. Sus palabras fueron: “Voy a hacerte un tacto pero con mucho cuidado para no romperte la bolsa.” Gracias Miguel.

Me dijo que ya estaba prácticamente dilatada y que el parto era inminente…¡no me lo podía creer!! no hacía ni dos horas que estaba en el hospital. Me dijo que si tenía ganas de pujar, que pujara y que nos dejaba solos.

El matrón salió y en la siguiente contracción yo quise pujar, pero pujar de verdad. El matrón me oyó y vino corriendo a la habitación. Me dijo que la bebé ya estaba aquí, que me tumbara en la cama para llevarme al paritario. En ese momento rompí la bolsa, sóla, sin ayuda de un pincho horrible, con una sensación de alivio maravillosa. Llamaron al celador, pero no daba tiempo a esperarle y entre él, la auxiliar y JP me llevaron pasillo adelante hasta el paritario.

Una vez allí me preguntó que qué tal estaba, que estaba a punto de nacer, que si quería subir al potro o quedarme en la cama. ¡Quiero quedarme en la cama! no podía pasarme al potro, yo sólo quería empujar. Me dijo que sin problema, y que tal y como estaba puesta, un poco tumbada de lado pariría bien.

Él empezó a prepararsse muy rápido, y me dijo que no pujara. Pero yo sólo quería pujar.

Me tranquilizó (todo esto pasó en un par de minutos) y me dijo que no hacía falta que pujara, que la bebé ya estaba aquí y que saldría sola.

 Y así fue. Manuela salió sóla. Yo fui notando cómo salía la cabeza, cómo salía su cuerpo y cómo empezaba a llorar. “¡Cógela!” y la cogí y la puse encima de mí, y la olí y sentí su peso, y me pareció la bebé más bonita y mas pequeñita del mundo. Y me sentí feliz, y contenta y orgullosa, y dichosa. Y sentí que tuve un parto genial, respetado, rápido, casi indoloro. Y sentí que la recompensa todo lo merece.

Estuvo encima de mi muuuuucho tiempo. Alumbre la placenta, me dieron un punto a ras de piel y después de un buen rato la pesaron y la midieron y de nuevo, vuelta a mis brazos.

Y le di las gracias a Miguel, mi matrón, y él me dio las gracias por regalarle un parto precioso, y yo por respetarme, por conseguir que recuerde el parto de mi segunda hija como un parto maravilloso.

Ojalá hubiera más profesionales como Miguel.

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Papá

En el último año no he escrito mucho. No es que no haya tenido ganas de contar cosas, símplemente no he estado animada a hacerlo.

Son tantas las cosas que he podido contar en este último año que no se ni por donde empezar.

Hoy hace justo un año que me fui a tomar algo con mi padre a una terraza por última vez.

Era domingo, JP, M y yo fuimos a comer a casa de mis padres para estar con ellos. Manolo se encontraba regulín después de la de quimio del día 1. Parecía que ese día no querría ir a tomar algo a La alcaparra. Nos volvimos a casa y al rato llama mamá: Elena, papá tiene ganas de ir a tomar un refresco a la terraza de La alcaparra, ¿Te vienes?.

JP se quedó durmiendo a M y yo me acerqué a tomar una shandy con mis padres y mis tíos KiKo y Sagrario. Ahora se que mi padre se estaba muriendo, en esos momentos sólo pensaba que la quimio le estaba sentando peor según pasaban los días.

Ahora se que mi padre tenía el hígado destrozado, pero yo vi cómo mi padre hizo un esfuerzo enorme para beberse un aquarius y tomarse un montado de lomo. Ahora se que él sabía que se estaba muriendo y que decidió acompañarme a casa después de tomarse su último refresco en la terraza de La alcaparra.

Esa noche pasé una buena noche, preocupada, pero contenta porque había visto a mi padre comerse un montado de lomo, haciendo descansos entre mordisco y mordisco, y apoyándose en el servilletero, pero no dejando nada.

Él no pasó una buena noche, era su última noche y la vivió acompañado de mi madre y de mi hermano Manu, sufriendo, sin ser consciente de lo que decía y de lo que sentía. Ellos tampoco sabían que sería la última noche con mi padre, pero lo fue, porque a la noche siguiente moriría.

Al día siguiente por la mañana tenía control con el oncólogo para ver cómo andaba la bilirrubina. Yo me fui al trabajo, y no me llegaban noticias de mi padre. Ojalá nunca hubieran llegado…

Acababa de entrar a clase de historia, y por fin sonó el teléfono: Elena vente para el hospital, papá está muy malito.

Ahí todavía no era consciente de que mi padre se moría. Fue al médico a hacerse unos análisis, pero se quedó ingresado en la planta de oncología.

Ahora se que le dejaron en una habitación donde nadie molesta porque los que allí están van a morir, morir tranquilos, sin compañeros de habitación, tan sólo con la familia y los amigos.

Estaba sedado, tan frágil, pero tan Manolo, con su boca torcida, sus pobladas cejas, sus cicatrices, sus bonitas manos, sus manchas sobre la palma…..tan delgado, tan ausente…

JP y yo fuimos a casa un momento a comer algo y a ver a Martina. Veinte minutos después me llamaron para decirme que papá había empeorado, le estaban dando la extrema unción.

Todavía no podía creerme que mi padre se moría. Tan sólo fue a hacerse unos análisis, no a morirse, no a que le ingresaran en la habitación de la muerte.

Estuve a su lado hasta las 03:15 de la mañana, hasta que su corazón se detuvo. Le tenía cogido de la mano, le besé, le hablé, le dije lo mucho que le quería, lo mucho que Martina le quería…….pero él sigue a mi lado, y si no sigue, yo pienso en él como si estuviera, y sigo esperando sus llamadas a las 11:00(¡papá, que estoy trabajando!, ah, si?, claro, papá, como todos los días a estas horas. Vale, pues voy a verte en el recreo, que he visto una cosa en el Lidl) y sigo esperando los toques en la pared cada vez que suena el ascensor,……. y sigo esperando que me pregunte por el facebook si vamos a comprar al Ahorramás, …..pero por mucho que espere no aparecerá, y aunque sea consciente de ello, eso no lo hace más fácil.

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¡Empezamos el cole!

Se terminó el verano, no la estación, de esa nos quedan unos días, pero se acabo todo lo que representa el verano para nosotros. Se acabaron las mañanas libres, las tardes de piscina, el calor de la tarde, las escapadas a la playa, pero sobre todo, se acercaba la entrada al cole.

Los primeros días de septiembre han sido unos días muy ajetreados, reunión con la maestra, compra de libros y material escolar, reorginazación del armario, colocar la habitación.

Y el día 10 se acercaba, y los sentimientos eran contradictorios. Por un lado estaba deseando que llegara el primer día de cole, ese momento en que Martina se iba a convertir en un niña mayor, independiente. Pero por otro lado estaba asustada, no sabía cómo iba a reaccionar, cómo iba a quedarse en el cole, cómo se iba a relacionar. Llevamos varias semanas diciéndole a Martina que iba a empezar el cole, pero a pesar de estar contenta, le preocupaba el hecho de que allí se quedaría sóla, sin nosotros, con la maestra y sus compañeros.

Y llegó el día 10. Y después de un buen desayuno, de ponerse la ropa que habíamos preparado el día anterior, de colgarse el cartelito con su nombre y de un montón de nervios, salimos dirección al colegio. Todo el camino cantando, emocionada, nerviosa, ansiosa, feliz.

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Nada más llegar vimos a todos los niños y niñas que estaban esperando, como Martina, ese gran momento. Y llegó la maestra y con ella una sonrisa, y con esa sonrisa un tono de voz pausado, suave, tranquilizador, y con ese tono, llegaron las palabras adecuadas y con ellas se formó la fila del trenecito. Martina estaba tan nerviosa que nos dio un beso rápido y salió escopetada a formar parte de ese tren que le llevaba a un mundo nuevo, a experiencias maravillosas, a conocer a gente nueva y sobro todo a un lugar en el que aprender muchas cosas.

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Y sin una lágrima, y sin ninguna duda, el trenecito empezó a andar, y con él, Martina se adentró a un lugar en el que descubrirá y en el que participará en un montón de aventuras.

Y como siempre, nos ha dado una lección de madurez.

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¡3 años! (parte 1)

El 10 mayo fue el cumpleaños de Martina. 3 años. Y hoy, varios días después es un momento estupendo para hacer un pequeño resumen de lo que han sido estos tres años para mi, y de los cambios y adelantos que ha sufrido desde que nació.

El día que nació Martina fue un día largo, la noche del parto no dormimos nada, pero nada de nada. Empecé con contracciones la mañana anterior, las contracciones fuertes y la preparación del cuerpo empezaron a última hora del día y Martina nació a las 13:14 del día siguiente, por lo que estuvimos toda la noche entre contracciones, tactos y pujos. A las 13:00 me llevaron a paritario mientras la matrona le comentaba a la auxiliar que la cosa no avanzaba y que habría que usar instrumentos. En ese momento  mi cuerpo sabía lo que tenía que hacer, empujar, empujar con fuerzas, pero lo que tenía que hacer era sacar, no quería que me metieran nada. Y salió, la matrona apenas podía dar crédito, en 14 minutos tenía a Martina sobre mi tripa y yo preguntando si le podía dar el pecho ya. Si hubiera sido ahora, no lo habría preguntado, la habría puesto sin más, pero los miedos de las primerizas hacen que nos perdamos muchas cosas. La consecuencia de esos esfuerzos fueron una episiotomía y un desgarro por dentro que, tras 45 minutos de costura, me curaron estupendamente bien sin dejarme ningún tipo de secuela.

Martina había nacido, nacido entre cariño, risas, llantos y emociones. Estuve toda la dilatación acompañada y dsfrutándolo con JP y con L, y siempre que lo recuerdo no pienso en la intensidad del dolor, en los molestos tactos, pienso en las risas, en las miradas, en las emociones, en las ansias por ver la carita de nuestra hija y su sobrina.

Martina nació y se enganchó al pecho, no había pasado ni una hora y estaba enganchada, yo sufriendo, con miedos, pero ella con seguridad, olió, buscó, encontró, se enganchó y no lo soltó por mucho tiempo, ni sabemos cuando lo soltará.

Ese primer día estuvo lleno de presentaciones, encuentros, visitas, cariño y por la tarde un pequeño susto, de repente Martina se atragantó con una flemilla o con saliva, no lo se, y empezó a no poder respirar, le empezó a cambiar el color, con la mala suerte de que en ese momento me encontraba sóla en la habitación. Grité llamando a las enfermeras, pero no me oyeron, y cuando estaba levantándome de la cama para llevarla a las enfermeras llegó mi tía Maribel que rápida fue a pedir ayuda a las enfermeras. Fueron segundos, pero a mi se me hicieron interminables. La enferma llegó, le dio la vuelta, y todo pasó, menos mi miedo. Esa noche, tampoco dormí demasiado, el miedo a que se volviera a atragantar estaba tan presente que no podía conciliar el sueño.

Al día siguiente nos dieron el alta y para casa. Nuevas visitas, nuevos encuentros, pero en casa, en nuestra cama, nuestro sitio, nuestro hogar.

La adaptación fue rápida, pero a los dos días de vuelta a hospital: ingreso por ictericia. Yo ingresé con ella y estuvimos dos días de aquí para allá, de neonatos a la habitación, dando teta, con el sacaleches, para que una enfermera incompetente se despidiera de nosotros, en el momento del alta con un: “como has visto, no tienes suficiente con tu leche”. Tres años y una semana de lactancia, y lo que quede, ¡menos mal que no tenía suficiente con mi leche!, ¡menos mal que no podría dar el pecho!, ¡menos mal que resulta fácil no hacer caso cuando algo no me interesa y que soy tan cabezona como para luchar por algo en lo que creo!

Los meses pasan rápido y desde el primer momento teníamos una cosa muy clara, no querer que el tiempo pasase tan rápido, para ello, sólo había que disfrutar de cada momento, de cada día, de cada mes. Hicimos colecho con cuna sidecar desde el primer día. Martina nunca fue una niña muy cariñosa, y siempre ha sido muy independiente, por lo que no conseguimos que durmiera muchos días entre nosotros, siempre se movía hasta que le pasábamos a su cuna, y entonces, empezaba a descansar. Ha sido una niña bastante dormilona, con varias siestas hasta el año y un par de ellas hasta el año y medio. Y por la noche despertaba dos o tres veces, tomaba su ración de leche y seguía durmiendo, sin espabilarse, sin llorar.

Y así llegó al año. Con un año empezó a gatear, hasta entonces reptaba, se movía por la habitación, se giraba, empezaba a parlotear. Con poco más de un año dijo su primera frase: mamá, teta por favor.

Continuará…..

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Una mala noche

Hoy ha sido una de las peores noches que he tenido desde que fui madre. Se juntan dos cosas, por un lado Martina está malita y ha tosido varias veces lo que hace que mi preocupación aumente cada vez que la oigo toser y que no me deje descansar tan bien como me gustaría. Y por otro lado está el hecho de que es la primera vez que ha dormido en su cuarto, en su camita, esa pequeñita, de su medida, que hasta ahora sólo había usado para dormir la siesta.

No es que hayamos dormido muy separadas. Estamos de obras y esta semana empiezan a quitar el gotelé en nuestra habitación, así es que, ayer por la tarde, desmontamos cuna y llevamos nuestro canapé con nuestro colchón a la habitación de Martina. Estamos separadas por un metro escaso, pero ese metro ayer se convirtió en un abismo.

Martina tiene 32 meses, en ese tiempo siempre hemos dormido la una al lado de la otra. Ella en su cuna, pero a mi lado, bien cerquita, tanto que a veces apoyaba su piernecita sobre mi tripa o su mano acababa tocando mi pelo. Tanto que podía olerla, oír su respiración e incluso notar si tenía fiebre. Tanto que la mayoría de las noches no se si me ha abierto el pijama y ha tomado teta o si ha dormido del tirón. Tanto que el metro que nos separó ayer se convirtió en un abismo que no me dejaba dormir, que no me dejó descansar, que hizo que la echara de menos.

Seguimos en la misma habitación, los tres cerca, durmiendo bien juntitos y durante toda la noche no hacía nada más que pensar en cogerla, traerla con nosotros, entre nosotros, tenerla cerca y poder besarla y acariciarla, pero se que no le gusta y que nos diría que quiere estar en su cama, eso si, cerca de nosotros y sabiendo que estamos a su lado, porque si no, nos echa de menos, algo que nos repite a diario, cuando nos vamos al trabajo, cuando uno sale a hacer un recado o simplemente cuando el otro va al baño, porque le gusta que estemos cerca pero sin invadir demasiado su espacio.

Estaremos así dos o tres semanas, y en ese tiempo me tendré que acostumbrar y me tendré que concienciar de que nuestro bebé se hace mayor, y de que la cuna se le está quedando pequeña y que en su cama va a estar mucho mejor.

Dos o tres semanas, no se si serán suficientes. Quizás necesite más tiempo de adaptación del que necesitan los niños y las niñas cuando empiezan el cole.

Y pasarán dos o tres semanas y quizás no esté preparada y quizás volvamos a montar la cuna.

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Cuentacuentos

Cuando uno decide que “de mayor quiere ser intérprete de lengua de signos” no sabe muy bien qué significa eso. Si, está claro lo que conlleva, la función principal, aquello que tanto te repiten mientras que te preparas: serás el puente de comunicación entre las personas sordas y las personas oyentes.

Y llega el momento de empezar a trabajar. En el primer trabajo que te surge empiezas a valorar la de situaciones diferentes con las que te puedes encontrar. Mis primeros trabajos fueron dos juicios, y a partir de ahí fue un no par: reuniones con arquitectos, separaciones, conferencias, cursos, médicos, reuniones de vecinos, mítines políticos, actos institucionales, congresos, y así suma y sigue. Al poco tiempo interpreté, por primera vez, a un grupo de cuentacuentos, Ellas cuentan. Fue una experiencia inolvidable y supe que eso era lo que más me gustaba interpretar.

En aquellos momentos recuerdo cómo me pude convertir en dragón, en el elefante Elmer o en una princesa atrapada en un castillo. Supe que mi cuerpo es capaz de transformarse en lo que se pretenda y que puede agrandarse o empequeñecerse al antojo del cuentacuentos.

He interpretado más veces cuentos, pero hoy, después de unos 10 años he vuelto a interpretar al grupo Ellas cuentan.

En esta ocasión he podido convertirme en una giganta que vivía bajo un puente de madera, en unas cabritas brutas, un ratón que no quería ser atrapado, un monstruo llamado Guardañú, en unas hermanas que querían merendar pan con miel, una bibliotecaria que no quería perder las hojas en otoño y que se quedaran las tapas de los libros vacías o un niño con mucha fantasía que no conseguía que su madre viera el dinosaurio que él siempre veía.

Ha sido una tarde estupenda donde he disfrutado como una nena mientras interpretaba y todo ello me hace pensar y plantearme participar más con los cuentacuentos.

Y todo esto mientras era capaz de conciliar vida laboral con vida familiar…….pero eso, merece otra entrada.

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